El Cantar de los Cantares y el silencio de los púlpitos

Que el libro el “Cantar de los Cantares” no se predique en las iglesias cristianas no es una casualidad, ni una simple omisión litúrgica. Es un síntoma, un indicio.

El hecho, revela una incomodidad profunda con un texto bíblico que se niega a ser domesticado, moralizado o reducido a consignas espirituales.

El problema no es el libro. El problema es que “Cantares” dice cosas que muchos púlpitos no se animan a decir.

Habla de amor, sí, pero no de un amor abstracto, intangible o desencarnado. Habla de cuerpos que se desean, de miradas que encienden, de palabras que despiertan pasión, sí… habla de sexo.

“¡Cuán hermosa eres, y cuán suave, oh amor deleitoso!” Cantares 7:6

Este versículo, y todo el capítulo 7 de Cantares, está en la Biblia, no en una novela romántica. Sin embargo, leerlo en voz alta desde un púlpito genera, por lo menos, incomodidad.

Durante décadas, muchas iglesias han desarrollado una pedagogía espiritual basada casi exclusivamente en el “NO”: no desees, no mires, no toques, no forniques. Todo eso es bíblico, pero incompleto.

Con este razonamiento, nos metemos todos en un monasterio y resolvemos el problema. Los hombres por un lado y las mujeres por el otro… ¡Por supuesto!

Pero el libro “Cantares” irrumpe con un “SÍ” rotundo. Sí al amor conyugal, sí al deseo, sí al sexo, sí al gozo compartido sin culpa. Y ese “SÍ” desarma a una espiritualidad dibujada, acostumbrada a definirse más por lo que evita que por lo que celebra, por lo que no hace, que por lo que hace.

La paradoja la describe Tony Campolo cuando afirma:

“Estuve a punto de creer que el sexo era algo sucio e inmundo, pero que yo debía guardarlo para la persona con quien me casara”

Para escapar de esta “incomodidad”, el “Cantares”, fue muchas veces “salvado” mediante una lectura exclusivamente alegórica. Se afirma, con razón, pero también con abuso, que el libro habla de Cristo y la Iglesia.

El problema no es el argumento en sí mismo, el problema es usarlo como cortina de humo para no hablar de lo obvio y evidente: el texto describe, con lujo de detalles poéticos, el amor entre un hombre y una mujer. Negarlo, no es espiritualidad elevada, es desconfianza hacia el diseño de Dios, es inseguridad propia.

Dios no tuvo reparos en inspirar un libro donde el cuerpo es protagonista. No se disculpa por eso. No aclara que se trata de una metáfora “para adultos maduros”. Simplemente lo incluye en el canon. Eso debería decirnos algo.

El mismo Dios que prohíbe el adulterio es el que pone en boca de los amantes:

“Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos” Cantares 8:7

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Ese amor no es clandestino ni vergonzante: es fuerte, público y legítimo.

El silencio sobre “Cantares”, también delata otro problema: una iglesia que ha heredado, sin confesarlo, una visión gnóstica de la fe: todo lo espiritual es bueno y lo material es malo.

Hablamos mucho del alma, del espíritu, del más allá, pero poco del más acá. Poco hablamos del cuerpo como parte del discipulado. El cuerpo aparece solo como riesgo, como tentación o como un estorbo.

En este esquema, un libro que celebra el cuerpo enamorado resulta peligroso. No porque incite al pecado, sino porque cuestiona una teología mal equilibrada.

Paradójicamente, este silencio convive con una realidad alarmante: matrimonios cristianos fríos, sin intimidad emocional ni física. Jóvenes formados en la prohibición, pero educados por la pornografía. Creyentes llenos de culpa por deseos que Dios mismo creó.

Frente a ese escenario, “Cantar de los Cantares”, no es el problema, es la solución. Enseña que el deseo no necesita ser eliminado, sino ordenado. Que la pasión no es enemiga de la santidad, sino que encuentra su lugar dentro de la voluntad de Dios para el ser humano.

“Honroso es para todos, el matrimonio, y el lecho sin mancilla” Hebreos:13-4

Este versículo no defiende un matrimonio aséptico, sino un matrimonio honrado, pleno, vivido delante de Dios. “Cantares”, pone sobre la mesa, carne y poesía, a esa afirmación.

Predicar hoy acerca del “Cantar de los Cantares”, sería un acto profundamente contracultural y pertinente. En una sociedad que banaliza el sexo y lo separa del compromiso, este libro afirma la exclusividad, la fidelidad y el tiempo compartido con el ser amado.

Cantares nos recuerda que Dios también se glorifica en el gozo, en la ternura expresada y en el amor disfrutado en todos los sentidos.

El problema, entonces, no es que el “Cantares” sea difícil de predicar, sino que es “incómodo de predicar”, porque exige pastores y comunidades dispuestas a una fe más integrada, menos temerosa y más bíblica.

Exige reconocer que Dios no solo redime el alma, sino también el modo en que amamos, deseamos y nos entregamos.

Mientras sigamos evitando este libro, seguiremos predicando una fe fragmentada: correcta en doctrina, pero pobre.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón