Carta abierta a mis hermanos católicos
Escribo estas palabras desde el cariño, dado que mi historia personal está entrelazada con ustedes. Nací en una familia católica y crecí en colegios católicos, tengo recuerdos valiosos de ellos. De hecho, estudié algunos años en el mismo colegio que el Papa Francisco.
Pero hay una inquietud, que ha madurado en mi corazón a través de los años, y que hoy deseo expresar a ustedes con humildad y transparencia.
Fui formado según el catecismo, incluso llegué a destacarme en ello. Participé como monaguillo, infinidad de veces. Pasé años hermosos en condición de pupilo (solo salía en vacaciones). Pero cuando me retiré del colegio, me encontré con una realidad, nunca había tenido una Biblia en mis manos.
No sabía que existía, nunca había escuchado hablar de ella. Mucho menos había desarrollado el hábito de acudir a la misma, como cristiano que creía que era.
Y allí nacieron preguntas que hasta hoy me acompañan.
¿Por qué, en la gran mayoría de los espacios formativos, como lo son los colegios y parroquias, no se enseña La Biblia?
¿Por qué, en comunicados oficiales de la Iglesia Romana, las referencias a las escrituras bíblicas son escasas o nulas, y cuando aparecen, las vemos sesgadas y soslayadas como si las enseñanzas descansaran en la autoridad de quien habla, no en la Palabra de Dios misma?
La Biblia no es un libro más para los cristianos. Es la voluntad del Dios en quien creemos, expresada en palabras. ¿O no?
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”. 2 Timoteo 3:16
¿No debería La Biblia, ocupar un lugar central, preponderante, explícito y constante en la enseñanza, en la boca de los líderes? ¿Por qué el catecismo y la tradición tiene más relevancia que la propia Biblia?
Históricamente quizás hubo razones para enseñar las doctrinas bíblicas a través del catecismo, que no es otra cosa que una interpretación particular del texto bíblico. Probablemente fue necesario transmitir la fe de forma estructurada, dado que la gran mayoría de las personas no sabían leer, o no tenían acceso a los textos. Podemos entenderlo.
Pero hoy vivimos en un contexto completamente distinto. La Biblia está al alcance de todos, literalmente, en nuestros bolsillos, accesible en segundos desde un celular.
Entonces me surgen otras preguntas: ¿Es suficiente y acertado enseñar acerca de la voluntad del Dios en quien creemos, sin hacerlo directamente desde las escrituras bíblicas? ¿Necesitamos de textos interpretativos como lo es el catecismo? ¿No somos intelectualmente capaces de hacerlo en total libertad y por nuestra cuenta?
Jesús mismo afirmó en Juan 5:39:
“Escudriñen las Escrituras; porque a ustedes les parece que en ellas tienen la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”.
Escudriñarla, es buscar, profundizar, examinar, criticar e investigar personalmente en ella. Sin miedo.
Me pregunto si el catecismo, no ha ocupado un lugar que quizá debería compartir, o incluso ceder frente a La Biblia.
Porque el riesgo, es formar creyentes que conocen doctrinas humanas, pero no reconocen la voz de Dios, porque nunca la han escuchado, como fue mi caso personal.
Me da pena afirmarlo, pero podemos verificar fácilmente, que la gran mayoría de los católicos romanos desconocen absolutamente el contenido bíblico. Y se nota. Los vemos a la deriva, desorientados, e inclusive realizando prácticas que la propia Biblia condena... y no lo saben.
Leemos en Hechos 17:11, que los hermanos de Berea:
“…recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así”.
No lo hacían desde la rebeldía, sino desde un deseo genuino de verdad. La fe no debería temerle a la luz de La Escritura, por el contrario, debería descansar en ella.
Mis palabras no pretende ser una acusación, sino una invitación amorosa especialmente para los líderes. Acudan a La Biblia. No como un gesto de ruptura con nada ni nadie, sino como un deseo de profundizar en lo que creen.
Tampoco para abandonar lo recibido, sino para enriquecerlo. Que cada enseñanza, cada anuncio, cada formación, esté claramente anclada en la Palabra, citada, abierta y accesible a todos.
“La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos”. Hebreos 4:12:
La Palabra, no necesita ser reemplazada ni escondida, necesita ser proclamada.
No creo que haya malas intenciones por parte de nadie, pero sí creo que hay una inercia, una rutina que no se ha actualizado al ritmo de los tiempos, y particularmente hoy, a la luz de lo que sucede en el mundo, ES MUY PELIGROSO. A buen entendedor pocas palabras.
Valoro profundamente lo recibido en mi infancia. No reniego de ello. Pero sí anhelo una Iglesia Romana, donde cada niño, cada joven, cada adulto, no solo sepa el catecismo de memoria, sino que conozca, ame y maneje La Biblia con confianza, porque será en ella donde encontrarán el plan de Dios para su salvación personal.
Con respeto, con gratitud y con amor.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón