¡Dios es celoso!

La Biblia no tiene ningún inconveniente en decirlo claramente: ¡Dios es celoso!: Porque no te has de inclinar a ningún otro dios, pues el Señor, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es.” Éxodo 34:14

Pero ¿qué significa que Dios sea celoso?

Humanamente hablando, los celos suelen aparecer cuando una persona siente que alguien que ama puede serle arrebatado, reemplazado o preferir a otro. Pueden surgir del temor, la inseguridad, la desconfianza o el sentido de posesión. Por eso, muchas veces los celos humanos terminan siendo destructivos.

Pero los celos de Dios son completamente diferentes. Dios no teme perder a nadie porque alguien pueda ser superior a Él.

No tiene inseguridad, competencia ni rival. Su celo nace de su santidad y de la exclusividad que legítimamente reclama para sí. Cuando la Biblia dice que Dios es celoso, no está hablando de un sentimiento humano de inseguridad, posesividad o temor a perder a alguien.

El celo de Dios nace de su santidad, exclusividad y derecho sobre aquello que le pertenece. En el AT aparece especialmente en relación con la idolatría y la infidelidad de su pueblo.

Dios no acepta compartir el lugar que solamente a Él corresponde. Por eso el problema aparece cuando el hombre coloca junto a Dios aquello que pretende ocupar su lugar. Eso es precisamente la idolatría.

Israel lo experimentó repetidamente. Dios había sacado a su pueblo de Egipto, había hecho un pacto con él y le había dicho: “No tendrás dioses ajenos delante de mí.” Éxodo 20:3

Sin embargo, Israel levantó ídolos, adoró otros dioses y mezcló la adoración a Jehová con prácticas paganas. Y Dios reaccionó con celo.

No porque fuera caprichoso, sino porque el pueblo había quebrantado el pacto.

La imagen bíblica es muy fuerte: Dios considera la idolatría como una forma de infidelidad. No es simplemente “otra manera de creer”. Es abandonar al Dios verdadero para entregar a otro aquello que solamente a Él pertenece.

Por eso Dios dice: “No te inclinarás a ningún otro dios, pues Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es.” Éxodo 34:14

Y también leemos:

“No provoquen a celos al Señor.” 1 Corintios 10:22

La pregunta entonces es inevitable: ¿Con qué podemos provocar a celos a Dios? Con cualquier cosa que ocupe en nuestra vida el lugar que corresponde a Dios.

Un ídolo no necesariamente tiene forma de estatua. Puede ser el dinero, el poder, el prestigio, una persona, el éxito, el placer, una ideología, una tradición o incluso una práctica religiosa cuando termina ocupando el lugar de la obediencia a Dios.

Y aquí aparece algo todavía más serio: también podemos provocar a celos a Dios cuando pretendemos adorarlo mezclándolo con aquello que Él ha rechazado.

La Biblia llama a eso sincretismo: intentar unir la adoración verdadera con prácticas incompatibles con ella.

Pablo pregunta: “¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?”1 Corintios 10:22

La pregunta no necesita explicación. Dios no necesita competir con nuestros ídolos. Dios exige que los quitemos.

El problema de nuestro tiempo es que hemos aprendido a hablar mucho de un Dios amoroso, misericordioso y paciente, y verdaderamente lo es, pero hablamos mucho menos del Dios santo que exige fidelidad.

Su amor no elimina su santidad. Su misericordia no convierte el pecado en virtud. Su paciencia no significa aprobación. Y su gracia no nos da permiso para mezclar la verdad con aquello que Él condena.

Josué lo dijo al pueblo con absoluta claridad: “Porque el Señor, vuestro Dios es Dios santo, y Dios celoso.” Josué 24:19

Quizás necesitemos recuperar esta verdad. Dios es amor, pero también es santo. Dios perdona, pero también exige arrepentimiento. Dios recibe al pecador, pero no acepta compartir su gloria con los ídolos. Dios no es tonto.

Por eso deberíamos preguntarnos sinceramente: ¿Hay algo en nuestra vida que Dios tiene que compartir con otro, con alguien? Si lo hay, quizá no sea Dios quien deba cambiar. Quizá sea nuestro ídolo el que deba caer.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón