El circo en las iglesias
Charles Spurgeon fue un predicador bautista inglés del siglo XIX, conocido por su elocuencia, su defensa firme del evangelio y su enorme influencia en el protestantismo.
Predicaba en Londres ante miles de personas cada semana y sus sermones se difundieron por todo el mundo. Es recordado por su énfasis en la autoridad de la Biblia y por confrontar tanto los errores doctrinales como la superficialidad en la iglesia.
Algunas de sus afirmaciones fueron:
“Un mal ha surgido en el campamento profesante del Señor… hay hombres que intentan divertir a la gente para llevarla a la religión.”
“La tarea del predicador no es entretener, sino instruir; no es divertir, sino edificar.” Fue una idea recurrente en sus sermones
“Si pudiéramos obtener una gran congregación por medios que no están en armonía con el evangelio, no desearíamos hacerlo.”
“No soportarán la sana doctrina… se amontonarán maestros conforme a sus propios deseos.” Uso frecuente de 2 Timoteo 4:3
En el año 1887, hace ya 139 años, Spurgeon advertía contra “Intentar divertir a la gente para llevarla a la religión. Denunciando una fe transformada en espectáculo” Un Circo.
Lo vio venir en su tiempo y lo denunció sin rodeos. No estaba atacando la creatividad ni la pasión, sino algo mucho más serio: la sustitución del poder del evangelio por métodos diseñados para agradar. En otras palabras “EL CIRCO”, hoy potenciado por las redes.
La mencionada situación, no solo sigue vigente, sino que parece haberse intensificado. Cuando la prioridad pasa a ser atraer, retener, emocionar y amontonar gente en los templos, el mensaje se diluye.
Y entonces ocurre lo inevitable: la cruz pierde centralidad, el arrepentimiento se vuelve incómodo, y la verdad se adapta al gusto del oyente. “Evangelio a la carta: decime lo que te gusta y lo hacemos”
“Llegará el tiempo en que la gente no escuchará más la sólida y sana enseñanza. Seguirán sus propios deseos y buscarán maestros que les digan lo que sus oídos quieren oír” 2 Timoteo 4:3
Lo llamamos CIRCO, no porque haya luces, música o multitudes, sino porque el eje de atracción se desplaza, todo gira alrededor de lo superficial y lo frívolo.
Los circos existen para entretener a la gente. La iglesia existe para confrontar al ser humano con Dios. Cuando esa diferencia se borra, todo puede seguir funcionando por fuera, aplausos, crecimiento, entusiasmo, ruido, pero por dentro algo esencial se ha perdido.
Spurgeon también fue claro en esto: “Si pudiéramos obtener una gran congregación por medios que no están en armonía con el evangelio, no deberíamos desear hacerlo”
Esa declaración choca directamente con la lógica moderna de muchas congregaciones de cristianos, incluidos los católicos ¡Por supuesto!, donde el número, pretende validar el método.
Pero el problema no es cuántos vienen, sino por qué vienen… y a qué se los está invitando realmente.
Porque el evangelio no necesita ser adornado para ser efectivo. Pablo lo dijo sin ambigüedad: “mi palabra y mi predicación no fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” 1 Corintios 2:4
Cuando se reemplaza esa dependencia por estrategias puramente humanas, el resultado puede parecer exitoso, pero carece de profundidad transformadora.
Estas líneas, no son un llamado a la rigidez ni a la nostalgia de otra época. Es un llamado a la honestidad. A preguntarse si lo que se hace apunta a glorificar a Dios o a sostener un sistema vacío pero atractivo. ¿Formamos discípulos o formamos consumidores?
El riesgo del “CIRCO” no es solo lo que muestra, sino lo que oculta: una fe superficial, sostenida por estímulos externos, incapaz de permanecer cuando estos desaparecen. Te sacan el chupete y te pones a llorar, porque no queda nada.
Jesús mismo advirtió sobre esto al hablar de la semilla que cae en terreno pedregoso: brota rápido, pero no tiene raíz.
La iglesia no está llamada a competir con el entretenimiento del mundo. Está llamada a ser algo completamente distinto. Más profundo, más incómodo, más verdadero. Y precisamente por eso, más necesario.
Recuperar eso implica costo. Menos aplauso, menos show, quizás menos masividad. Pero más verdad. Y al final, eso es lo único que puede sostener una fe genuina.
Dejar de parecernos a un CIRCO, es volver al centro, es volver a Jesucristo.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón