El cristianismo y la política: una alianza peligrosa
Una reflexión desde mi condición de cristiano evangélico.
Hay errores que la historia debería habernos enseñado a no repetir. Uno de ellos es la tentación de acercar la Iglesia al poder político, buscando beneficios, influencias o vaya uno a saber qué.
El cristianismo evangélico, particularmente el de Argentina, debería tener especial cuidado de no caer en esa trampa, que tantas veces ha perjudicado el testimonio del cristianismo a lo largo de los siglos.
No estoy hablando de que los cristianos debamos desentendernos de la realidad política, económica o social de nuestro país. Tampoco de que no podamos tener ideas, opiniones o preferencias políticas. Tenemos pleno derecho a ejercer nuestra ciudadanía.
Estoy hablando de algo muy diferente, me refiero a cuando la Iglesia comienza a negociar su independencia espiritual a cambio de favores, privilegios o cercanía con quienes gobiernan. La historia ofrece algunos ejemplos, ciertamente extremos, que deberían hacernos pensar, y, sobre todo, servirnos de advertencia.
Solo por dar algunos ejemplos: la Inquisición española (1478-1834), creada por una bula papal e impulsada por los Reyes Católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Más cerca en el tiempo, la dictadura de Francisco Franco en España (1939-1975), cuando una parte importante de la jerarquía católica respaldó el régimen y contribuyó a legitimar políticamente al llamado nacionalcatolicismo.
No todos los católicos acompañaron estos regímenes, ni toda la Iglesia tuvo una misma conducta, pero la alianza institucional dejó consecuencias que todavía forman parte del debate histórico español.
No menciono estos hechos para atacar a los católicos. Los menciono porque son lecciones de la historia cristiana que no deberíamos ignorar.
Los argentinos, también vivimos hechos dolorosos, cuando vimos a la jerarquía religiosa cooperando con el régimen de turno.
Es cierto que hubo religiosos que denunciaron los abusos y defendieron a las víctimas, pero la relación de colaboración de una parte de la institución con el poder terminó comprometiendo gravemente su credibilidad. El testimonio cristiano quedó por el suelo.
¿Por qué menciono estos antecedentes? Porque algo parecido parece querer insinuarse en nuestro país. Probablemente este exagerando.
No tengo nada que decir de los políticos ni me interesa juzgarlos. La política es un ámbito muy particular de actuación y cada uno responde por sus decisiones.
Tampoco pretendo indicarle a nadie a quién votar. Lo que sí me preocupa, y mucho, es observar cómo algunos sectores del cristianismo al cual pertenezco, parecen acercarse al poder político. Y no es la primera vez. Buscando quizás, espacios, reconocimiento o beneficios, confundiendo la posibilidad de influir, con la obligación de mantener la fidelidad al Evangelio.
Y hay algo más preocupante aún: es verificar que los métodos de seducción que utiliza la política, se parecen demasiado a los que Satanás empleó para tentar al propio Jesús: ofrecer poder, gloria y dominio a cambio de sometimiento.
En Mateo 4:8-10. Jesús no negoció, no aceptó el ofrecimiento ni buscó una alianza para conseguir sus objetivos. Respondió con la Palabra de Dios.
El agua y el aceite nunca llegan a convertirse en un líquido homogéneo. Podrán mezclarse momentáneamente, podrán emulsionarse, pero no dejarán de ser sustancias diferentes.
Algo parecido ocurre cuando pretendemos unir los intereses del poder político con los principios del Reino de Dios. Tarde o temprano, las diferencias aparecen y alguien termina cediendo. Y generalmente no es el poder político.
Es cierto que debemos respetar a las autoridades y orar por ellas. No hay discusión al respecto. Romanos 13:1-7 nos enseña que debemos someternos a ellas y en 1 Timoteo 2:1-2 nos exhorta a orar por ellos.
Pero atención: respetar a las autoridades no significa asociarnos con ellas, aprobar todas sus decisiones ni convertirnos en sus aliados. Mucho menos significa poner el Evangelio a su servicio.
Las Escrituras nos señalan que cuando los intereses humanos entran en conflicto con la voluntad de Dios, nuestra obligación es inequívoca. Hechos 5:29 nos dice: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”
Es este el motivo por el cual, la Iglesia debe tener mucho cuidado con las fotografías, los actos partidarios, los acuerdos, los discursos de respaldo y las declaraciones públicas que puedan terminar identificándola con un gobierno o un partido. Hoy pueden abrirnos puertas; mañana pueden convertirnos en cómplices silenciosos de decisiones que contradicen nuestra fe.
No confundamos evangelizar con hacer política. No confundamos defender valores bíblicos con defender a determinados gobernantes. No confundamos la posibilidad de dialogar con el poder con la necesidad de acercarnos a él para obtener ventajas.
La Iglesia tiene una misión mucho más importante que conseguir favores políticos: anunciar a Jesucristo, predicar el arrepentimiento, enseñar la Palabra, defender la verdad y dar testimonio con su conducta.
El Evangelio no necesita el respaldo de ningún gobierno para cumplir su propósito. Cuando una Iglesia necesita el favor de los poderosos para sentirse fuerte, quizás haya comenzado a olvidar de dónde proviene realmente su fortaleza.
Hablo como un cristiano evangélico del montón, no como dueño de la verdad ni como juez de mis hermanos. Respeto a quienes piensan diferente, pero también creo que debemos tener el coraje de advertirnos mutuamente cuando nos estamos desviando.
Nuestra lealtad no puede ser negociable. Primero Cristo, después todo lo demás.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón