El enojo
Enojarse es una respuesta emocional básica ante algo que percibimos como injusto, amenazante, frustrante o fuera de nuestro control. No es “malo” en sí mismo, es una señal. El problema es qué hacemos con esa señal.
Cuando nos enojamos, casi no evaluamos el contexto, solo interpretamos una situación injusta o amenazante que dispara nuestras emociones.
Nuestro cerebro se activa porque detecta peligro, nuestro cuerpo se pone en alerta, se activa el sistema de lucha o huida, sube la frecuencia cardíaca, la presión, la tensión muscular, y nos vemos impulsados a hacer algo: discutir, defendernos, atacar, marcar límites o retirarnos.
Hasta aquí nada del otro mundo. Pero el enojo puede volverse un problema cuando es desproporcionado, o es frecuente y constante, cuando lo expresamos mal o cuando lo reprimimos, porque se acumula.
El enojo aparece sin pedir permiso, es una alarma interna que debemos aprender a escucharla y a gestionarla.
Pero llega la noche… y con ella una decisión: ¿Lo dejo pasar y se acumula, o lo enfrento y lo sano? La Biblia tiene algo que decirnos al respecto.
“Enójense, pero no pequen; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” Efesios 4:26
Un detalle interesante: no dice que no nos enojemos. Dice que no dejemos vivir el enojo en nosotros demasiado tiempo.
Porque el enojo acumulado, con el tiempo cambia de forma, se transforma. Se enfría y se vuelve distancia, se vuelve orgullo. Se repite y se vuelve costumbre. Y sin darnos cuenta, empezamos a convivir con paredes invisibles en casa, en el trabajo, en la propia iglesia, con silencios incómodos, con relaciones tensas.
Podemos dar algunos ejemplos:
El matrimonio. Los que estamos casados por más de 50 años, como es mi caso, sabemos que no todo se resuelve en un día, ni en una noche, pero sí, se puede decidir no irse a dormir en guerra. A veces será una charla corta. Otras, solo decirnos: “No estamos bien, pero debemos resolverlo”. Eso ya cambia todo.
Con los hijos, el enojo mal manejado deja marcas. Corregir es necesario, pero también lo es, pedir perdón cuando nos equivocamos. Eso no debilita la autoridad, la fortalece.
Con amigos o hermanos, el silencio prolongado enfría vínculos. Un mensaje a tiempo evita meses de distancia.
La Biblia nos invita a reflexionar:
“La blanda respuesta quita la ira” Proverbios 15:1
No siempre se trata de tener razón, sino de elegir cómo responder.
“Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para enojarse” Santiago 1:19
Escuchar más. Hablar mejor. Reaccionar menos. Sabiduría pura.
Al final, no se trata de ganar discusiones. Se trata de no perder relaciones, de cuidarlas. Hay algo espiritual escondido en todo esto. Cuando dejamos que el enojo se quede, abrimos una puerta innecesaria.
Hoy la invitación y el consejo bíblico es simple y concreto: no dejes que el día termine con cuentas pendientes en el corazón. Habla. Pedí perdón. Escucha. Cierra el día en paz, aunque no esté todo perfecto como a vos te gustaría.
En todo caso, estás haciendo la voluntad de tu Dios, que no es poco.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón