El peligro de creer en cualquier cosa
Hace algunos años escribí un artículo sobre las diferencias entre la Biblia católica y la evangélica. Mi intención era explicar que, más allá de las diferencias en algunos libros del Antiguo Testamento, ambas comparten los mismos 27 libros del Nuevo Testamento, donde encontramos las enseñanzas de Jesucristo, el testimonio de los apóstoles y los fundamentos de la fe cristiana.
Hoy quisiera ir un poco más allá. Porque, con el paso del tiempo, hay una cuestión que me preocupa mucho más que la diferencia entre una Biblia y otra: ¿Cuántos cristianos conocen realmente La Biblia que dicen creer?
Y esta pregunta no está dirigida exclusivamente a mis hermanos católicos. También alcanza a los evangélicos, porque llevar una Biblia debajo del brazo, asistir a una iglesia todos los domingos o escuchar predicaciones durante años no significa necesariamente conocer la Palabra de Dios.
Digámoslo sin vueltas: no podemos afirmar que creemos en lo que dice la Biblia si nunca nos tomamos el trabajo de leerla y estudiarla por nosotros mismos.
Podemos creer de buena fe en lo que nos enseñaron nuestros padres, o nuestros líderes cristianos, pero la buena fe no garantiza que todo lo que nos enseñaron sea correcto.
Quien nos enseña puede equivocarse, interpretar mal un texto o transmitir una tradición como si fuera un mandato bíblico. Y nosotros también podemos equivocarnos al repetirlo sin comprobarlo.
Nuestra fe no debería depender exclusivamente de lo que otra persona nos cuenta.
En Hechos 17:11 encontramos un ejemplo interesante. Los habitantes de Berea, recibieron el mensaje con interés, pero examinaban diariamente las Escrituras para comprobar si lo que escuchaban era cierto. No rechazaban automáticamente lo que les enseñaban, pero tampoco lo aceptaban sin examinarlo.
El estudio bíblico no es una tarea reservada a sacerdotes, pastores, teólogos o especialistas. Todo cristiano debería interesarse por conocer el contenido de su fe. No hace falta ser un erudito ni dedicarle ocho horas diarias. Hace falta voluntad, constancia y disposición para aceptar que, en ocasiones, lo que descubramos puede obligarnos a revisar nuestras propias convicciones.
Y aquí viene la parte incómoda: estudiar la Biblia puede ser mucho más difícil que escuchar una predicación, porque escuchar no siempre nos obliga a cuestionarnos.
Cuando desconocemos las Escrituras, quedamos expuestos a aceptar cualquier enseñanza que venga acompañada de autoridad, tradición, solemnidad o lenguaje religioso.
Podemos terminar confundiendo costumbres humanas con mandamientos divinos, opiniones personales con verdades bíblicas y prácticas religiosas con aquello que Dios realmente espera de nosotros.
Jesús mismo cuestionó esa situación. En Marcos 7:8 les dijo a quienes lo escuchaban: “Dejando el mandamiento de Dios, se aferran a la tradición de los hombres”
El principio sigue siendo válido para todos: ninguna tradición, por antigua o respetada que sea, debería quedar exenta de ser examinada a la luz de la Palabra de Dios.
Esto incluye las tradiciones católicas, pero también las evangélicas. Sería deshonesto exigirles a unos que revisen sus enseñanzas mientras nosotros nos negamos a revisar las propias. El problema no es tener tradiciones. El problema aparece cuando les damos una autoridad que termina desplazando aquello que las Escrituras enseñan.
Y las consecuencias pueden ser importantes. Podemos pasar años practicando una religión sin comprender el mensaje central del Evangelio, sin conocer las enseñanzas de Jesús y sin distinguir entre lo que La Biblia afirma expresamente y lo que una comunidad religiosa interpreta o enseña.
Incluso podemos llegar a defender con vehemencia doctrinas que nunca hemos comprobado personalmente.
Si sos católico, no te estoy pidiendo que abandones tu iglesia, que cambies de religión ni que aceptes mis opiniones. Te estoy proponiendo algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: abrí tu Biblia, leéla y estudiala.
Empezá por los Evangelios. Conocé lo que Jesús enseñó, lo que hizo, lo que cuestionó y lo que pidió a sus seguidores. Después, continuá con los escritos de los apóstoles. No te conformes con escuchar lo que otros dicen que está escrito. Comprobalo vos mismo.
Y si sos evangélico, te hago la misma invitación. No supongas que, por pertenecer a una iglesia que promueve el estudio bíblico, ya conocés las Escrituras o que todas tus interpretaciones son necesariamente correctas.
La verdad no necesita que le tengamos miedo a las preguntas. No olvidemos las palabras de Jesús en Juan 8:32: “Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”
La conclusión es sencilla: no alcanza con llamarnos cristianos; necesitamos conocer a Cristo. Y no podemos conocer profundamente sus enseñanzas si nunca estudiamos seriamente las Escrituras que dan testimonio de Él. No nos engañemos.
Porque el día que tengamos que dar razón de nuestra fe, porque todo llega, no será suficiente decir: Siempre me enseñaron que era así.
Pensalo.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón