El plan del Dios de La Biblia, para nuestra salvación
A lo largo de toda la Biblia se revela un plan, un propósito coherente y progresivo departe de Dios para la salvación del ser humano. Un plan que responde tanto a la realidad del pecado como al anhelo profundo por una vida más allá de la muerte.
Te cuento. La Escritura, La Biblia, comienza ya en Génesis, afirmando que el ser humano fue creado por Dios con un propósito específico, que incluía: vida, comunión y una relación plena e íntima con Él.
“Y creó Dios al hombre a su imagen” Génesis 1:27
Sin embargo, el pecado irrumpe en la historia:
“el hombre decide vivir independientemente de Dios, esa decisión, trajo consecuencias, su muerte espiritual y separación de su creador”.
La Biblia afirma lo siguiente:
“Por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios” Romanos 3:23
Y cuando decimos todos, es todos, sin excepción, a menos que tratemos a Dios de mentiroso.
Desde entonces, la humanidad vive marcada, por ser consciente de su fragilidad y por el temor a la muerte. Pero también por un deseo persistente de trascendencia… y por qué no… también de volver a Dios.
La Biblia enseña que este anhelo de eternidad no es accidental ni casual.
“Dios puso eternidad en el corazón de ellos” Eclesiastés 3:11
El ser humano sabe, aun sin formularlo claramente, que su vida no se agota en lo meramente terrenal. Por eso, todas las culturas han buscado respuestas sobre el más allá. Las escrituras afirman que ese deseo solo encuentra respuesta verdadera en Dios mismo.
Es interesante destacar que, desde los primeros capítulos del Génesis, Dios toma la iniciativa para restaurar lo que se había dañado.
La promesa de redención aparece de manera germinal cuando Dios anuncia que: “la descendencia de la mujer vencerá al mal” Génesis 3:15
Más adelante, también en Génesis, el llamado a Abraham muestra que la salvación no es solo individual, sino que tiene un alcance universal:
“En ti serán benditas todas las familias de la tierra” Génesis 12:3
La ley del antiguo pacto dada a Israel, revela y evidencia, la santidad de Dios y la incapacidad humana de alcanzarla por sus propios méritos.
Los sacrificios del Antiguo Testamento para congratularse con Dios, enseñan que: “sin derramamiento de sangre no hay remisión” Hebreos 9:22, pero también señalan su carácter “provisional y temporal”.
Más adelante, los profetas del Antiguo Testamento, anuncian que Dios mismo obrará una salvación más profunda y definitiva:
“Pondré dentro de vosotros mi Espíritu” Ezequiel 36:27
y prometen un siervo que cargará con el pecado del pueblo:
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones” Isaías 53:5, escrito 600 años antes del nacimiento de Jesucristo.
En Isaías comprobamos que el corazón del plan divino se revela y se manifestará precisamente en Él, en Jesucristo.
Por su parte, el Nuevo Testamento afirma que Dios no abandonó a la humanidad a su destino, sino que por el contrario tomo una iniciativa salvadora, por amor a su criatura más preciada:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él crea no se pierda, mas tenga vida eterna” Juan 3:16
Dios mismo, Jesucristo, entra en la historia humana, vive sin pecado y asume voluntariamente la cruz como sacrificio sustitutorio.
“Cristo murió por nuestros pecados” 1 Corintios 15:3
Su resurrección confirma que la muerte ha sido vencida y que la vida eterna es una realidad, no una ilusión:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” Juan 11:25
Resulta importante remarcar que la salvación, no se obtiene por obras ni por mérito religioso, sino por gracia. Gracia se define como un regalo gratuito de Dios a los hombres
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe” Efesios 2:8–9
Esta fe no es solo una adhesión intelectual, sino una confianza personal en Cristo que transforma nuestra vida.
“El que oye mi palabra… ha pasado de muerte a vida” Juan 5:24
La salvación culmina en la restauración total de la creación y en una vida consciente y plena en la presencia de Dios.
“Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte” Apocalipsis 21:4
Hoy, Jesucristo, Dios mismo, toca tu puerta y te llama. El picaporte para abrirla esta solo de tu lado, él no la violentará para abrirla, por lo tanto, la decisión es tuya.
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguna oye mi voz y abre la puerta, entraré y cenaré con él, y él conmigo” Apocalipsis 3:20
Me parece escuchar que están tocando el timbre de tu casa, fíjate quien es.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón