El vocabulario cristiano

Convengamos que el mandato bíblico de predicar el evangelio implica, entre otras cosas, transmitirlo a través del habla. No se trata solo del contenido del mensaje, sino también del lenguaje que utilizamos para comunicarlo.

Y es justamente allí donde surge una pregunta incómoda pero necesaria:


¿Por qué algunos cristianos evangélicos, al transmitir verdades bíblicas en pleno siglo XXI, continúan utilizando un vocabulario propio de la Edad Media, o en el mejor de los casos, el de la versión Reina-Valera, en lugar de hablar el lenguaje cotidiano?

Puedo comprender, porque es también mi caso, el uso de La Biblia, versión Reina-Valera para el estudio bíblico. Es una traducción valiosa, rica y respetable. Pero otra cosa muy distinta es trasladar su terminología y su forma lingüística directamente al púlpito, como si el idioma no hubiese evolucionado en los últimos cuatrocientos años.

Lo llamativo es que estos mismos cristianos, en su vida diaria, utilizan un vocabulario completamente distinto: más simple, más directo, menos “espiritualizado”. Nada de eso aparece cuando predican o enseñan. Surge entonces una dicotomía evidente, difícil de explicar, especialmente frente a los hijos o a los jóvenes de la iglesia.

¿Cómo se sostiene esa doble forma de hablar sin generar confusión?

No entraré en debates técnicos de lingüística ni en discusiones culturales específicas. Mi intención es más sencilla: reflexionar juntos.

Tal vez mi origen, haber nacido y crecido en un humilde hogar no cristiano, del cual no reniego, me permitió desarrollar lo que en Argentina llamamos “lenguaje de barrio”. Se trata de un lenguaje popular, coloquial, informal, el que se usa en la calle, en el trabajo, en la mesa familiar. El lenguaje real de la gente.

Ese lenguaje no es pobre ni superficial. Es espontáneo, creativo, dinámico y profundamente adaptable a los contextos culturales. Surge naturalmente en todos los ámbitos, incluso dentro de las iglesias, aunque a veces se lo reprima por considerarlo poco “espiritual”.

Se manifiesta a través de modismos, giros idiomáticos, neologismos, préstamos de otros idiomas y una cuota inevitable de creatividad personal.

No son otra cosa que expresiones nuevas que surgen para mencionar realidades que antes no tenían designación. Algunas perduran, otras desaparecen. Así funciona el idioma y así ha funcionado siempre

Es simplemente el lenguaje humano de cada cultura, el cual no tiene en sí mismo ninguna connotación negativa, más allá de nuestros prejuicios. De hecho, palabras utilizadas habitualmente en ciertos países latinoamericanos, tienen insinuaciones negativas en otros. Hay infinidad de simpáticos ejemplos.

En este punto, debemos aclarar algo importante, en este posteo, de ninguna manera estamos hablando de cuestiones espirituales. La profundidad espiritual de nuestras afirmaciones, no se mide por la antigüedad del vocabulario ni por el tono impostado de la voz.

Personalmente, no soporto el lenguaje artificioso y extravagante de ciertos cristianos que, pretendiendo aparentar ser espirituosos, nos hablan hoy como si estuviéramos en el siglo XVI.

Muchos sermones son prueba de ello. No por su contenido doctrinal, que puede ser correcto, sino por sus formas.

Predicaciones que parecen sacadas del baúl de los recuerdos. Gritos sin sentido, impostaciones forzadas, llamados al arrepentimiento extravagantes, frases rebuscadas y estrafalarias, que no atraviesan el techo del templo y que, con suerte, solo logran despertar a algún anciano o asustar a un niño dormido.

Hermanos, ya no estamos en el siglo XX. Mucho menos en el XVI. La juventud de hoy, los cristianos de mañana, esperan que les hablemos en su idioma, no en el nuestro.

Jesús mismo lo entendió perfectamente. Hablaba en parábolas, usaba imágenes del campo, del trabajo, de la vida cotidiana. Nunca habló para impresionar, sino para ser entendido.

El apóstol Pablo lo expresó con claridad meridiana:

“Me he hecho todo a todos, para que de todos modos salve a algunos” 1 Corintios 9:22

Y también escribió:

“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepan cómo deben responder a cada uno” Colosenses 4:6

No se trata de rebajar el evangelio, sino de hacerlo comprensible. No se trata de perder profundidad, sino de ganar claridad. ¿Por qué dar tantas vueltas para llamar a las cosas por su nombre? ¿Por qué tanto gre gre para decir Gregorio?

El evangelio no necesita un idioma arcaico para ser santo. Necesita ser comprensible, cercano y honesto. Todo lo demás es ruido.

Probablemente, el desafío no sea espiritual, sino comunicacional. Y, aunque incómodo para algunos, es un desafío que no podemos seguir esquivando.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón