Encantadores de serpientes
En la antigüedad, el encantador de serpientes no dominaba al ofidio por fuerza ni por verdad, sino por habilidad y engaño. La serpiente no entendía lo que veía y oía, simplemente reaccionaba ante los estímulos. Nada ha cambiado.
Lamentablemente, algo similar ocurre hoy dentro de algunos templos cristianos, porque resulta que un grupo muy importante de líderes, de algunas denominaciones, lejos de pastorear a su rebaño, lo seducen, confunden y manipulan con palabras bien ensayadas, discursos emotivos, mentiras y promesas que Dios nunca hizo.
No nos referimos a errores doctrinales menores ni de diferencias secundarias. Hablamos de hombres y mujeres, que utilizan el nombre de Dios como herramienta. Se presentan como ungidos, profetas, mediadores exclusivos, que colocan a los fieles en una peligrosa y vacía dependencia espiritual.
“Encantan, pero no alimentan. Emocionan, pero no forman. Prometen, pero no transforman… solo amontonan gente en sus templos”
La característica más visible de alguno de ellos, es el uso selectivo y conveniente de la Escritura. Citan versículos fuera de contexto, exageran experiencias personales y silencian todo aquello que pueda incomodar o exigir arrepentimiento.
El mensaje central deja de ser Cristo crucificado y resucitado, y pasa a ser el bienestar personal, el éxito económico o la “activación” espiritual. El evangelio se convierte en un producto, el púlpito en un escenario y los feligreses en sus eventuales víctimas.
Otros, por su parte, utilizan también el encantamiento y el engaño, pero este no pasa por el uso distorsionado de la Escritura, porque casi no la leen, mucho menos la escudriñan, sino precisamente por las consecuencias de lo que acabo de describir, la total falta de conocimiento bíblico.
Estos, resignan a sus fieles a una fe superficial, sostenida por tradiciones, relatos incomprobables y costumbres populares de raíz pagana.
La carencia de doctrina bíblica, abre la puerta para que sus fieles crean casi cualquier cosa: promesas sin fundamento, prácticas supersticiosas y paganas, intermediaciones humanas que la Biblia no respalda y una religiosidad emocional que no conduce al arrepentimiento, y mucho menos a una relación personal con Cristo.
Así, el mensaje del evangelio queda diluido, la Escritura relegada a un lugar secundario y la fe del pueblo expuesta a la confusión y al error.
Hay una característica que muchas veces une a estos encantadores de serpientes, y es la exaltación de la figura de ellos mismos por encima del mismo Jesucristo.
Porque el ciego, guía de ciegos, necesita ser admirado, obedecido sin cuestionamientos y protegido de toda crítica. Se rodea de aduladores y descalifica a cualquiera que se atreva a discernir con él o sus posturas.
La Biblia es clara:
“… habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios… que, teniendo apariencia de piedad, negarán la eficacia de ella” 2 Timoteo 3:2,5
Estos supuestos pastores y guías espirituales, no solo engañan a creyentes con experiencia; lo más grave es que dañan a los más débiles, a los nuevos, a los niños en la fe. A personas sinceras, que buscan a Dios, que se acercan a los templos con corazón genuino, que terminan cargando culpas que Dios no puso, entregando recursos que no pueden sostener, o creyendo que su fe es débil porque no reciben lo que se les prometió.
Jesús fue durísimo con este tipo de conducta. No usó metáforas suaves ni palabras diplomáticas:
“¡Ay de aquel que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí! Mejor le fuera que se cuelgue al cuello una piedra de molino y se hunda en lo profundo del mar” Mateo 18:6
Este artículo, no es un llamado al odio, sino a la responsabilidad espiritual de los dirigentes cristianos, sean de la denominación cristiana que sean.
Engañar en nombre del Dios de los cristianos, el Dios de La Biblia, no es un error inocente, es una falta grave. Y el silencio cómplice solo potencia el problema.
Desenmascararlos no significa perseguirlos, sino exponer prácticas. Significa recordar que nadie, está por encima de la Palabra, que todo mensaje debe ser examinado y que el Espíritu Santo no anula la razón ni el discernimiento, por el contrario.
“Amados, no crean a todo espíritu, sino prueben los espíritus si son de Dios” 1 Juan 4:1
El verdadero pastor apunta a Cristo, no a sí mismo. No promete lo que no puede cumplir, no comercia con la fe y no necesita manipular emociones para sostener su ministerio. Alimenta, enseña, cuida, corrige y acompaña, aun cuando eso le cueste popularidad.
Que este tiempo encuentre a los fieles despiertos, atentos y firmes en la verdad. Que dejemos de ser serpientes encantadas por melodías atractivas y volvamos a ser ovejas que reconocen la voz del Buen Pastor. Porque donde reina la verdad, el engaño no puede sostenerse.
¡Al que le quepa el poncho…que se lo ponga!
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón