Hablemos a calzón quitado

En el español antiguo, el calzón era una prenda interior básica, lo más cercano a lo íntimo que una persona llevaba puesto. Quitarse el calzón implicaba quedar en una situación de total desnudez o vulnerabilidad.

La expresión empezó a usarse de forma figurada para referirse a alguien que habla sin reservas, sin esconder nada, exponiendo las cosas tal cual son, y esto es justamente lo que voy a tratar de hacer, en este posteo, respecto a lo que los cristianos denominamos la Vida Eterna.

En términos prácticos, hablar “a calzón quitado”, significa hablar con total franqueza, sin adornos, sin esconder nada, con la verdad por delante, aunque incomode o duela. Hablar “a calzón quitado”, es despojarnos de excusas y religiosidad superficial.

Cuando conversamos acerca de la Vida Eterna, no podemos andar con vueltas, la pregunta ¿Cuál será mi destino cuando parta de este mundo? Merece una respuesta.

Podes hacerte el “oso” mirando para otro lado, pero te recuerdo algo que vos ya sabes, “todo llega”. Con esto no pretendo asustarte, solo recordártelo.

Lo cierto es que cuando nos referimos estos temas trascendentales, es necesario hablar así, sin filtros. Porque hay cosas importantes en juego y porque el plan del Dios de La Biblia, no gira alrededor de suposiciones, sino de realidades. No de lo que creemos que es, sino de lo que realmente es.

En principio, debemos tener claro lo siguiente: La Biblia enseña que: “la salvación no es un premio para los buenos, sino un regalo para los que reconocen su necesidad” ¡Sí, así como suena!

En Efesios 2:8-9 leemos: “Porque por gracia (regalo no merecido) son salvos por medio de la fe; y esto no es de ustedes, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”

Más claro échale agua.

Por lo tanto: no son nuestras obras, ni nuestros méritos, ni nuestros esfuerzos los que nos salvan. Fin.

Lo que No sirve para la salvación es confiar en nuestra propia justicia. No sirve intentar “portarse bien” como moneda de cambio con Dios. No sirve cumplir rituales vacíos sin transformación interna. No sirve compararnos con otros para sentirnos mejores. Todo eso puede tranquilizar nuestra conciencia por un momento, pero no cambia la realidad. No cambia nada. No sirve.

En Isaías 64:6 leemos: “…nuestros actos de justicia, son como “trapo de inmundicia” … ¡¡Durísimo!!

Es una afirmación fuerte, pero justamente es un llamado a dejar de engañarnos. La realidad es que por nosotros mismos nunca vamos a alcanzar la salvación. ¡Si así lo creíste hasta hoy…olvídate! ¡Literalmente: estas en el horno!

Por si te queda alguna duda, leemos en Romanos 3:23: “Por cuantos todos pecaron…están destituidos de la gloria de Dios” …Vos y yo incluidos.

Entonces, ¿Qué es lo que Sí sirve?

Sirve reconocer nuestra condición: somos pecadores. Sirve arrepentirnos sinceramente. Sirve poner nuestra fe en lo que Dios ya hizo por medio de Jesucristo. Sirve creer que el centro del plan de salvación no está en el esfuerzo humano, sino en la obra de Cristo en la cruz.

En Juan 3:16 encontramos el corazón de este mensaje:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Aquí no hay vueltas: creer en Cristo como tu salvador es el camino. No hay otro camino.

Creer, no es una idea metafísica. Es confiar, rendirse, entregar el control. Es dejar de sostenernos en nuestras propias fuerzas y aceptar la gracia de Dios, aceptar su regalo.

A veces, pretendemos hacer una ensalada: una mezcla de gracia con un poco de mérito propio. El evangelio no funciona así. “O confiamos en lo que Cristo hizo, o confiamos en lo que nosotros hacemos”. Y deberíamos admitir que nuestras obras nunca serán suficientes.

El plan del Dios de La Biblia es simple, profundo y más que suficiente. Él ofrece la salvación como un regalo, y nosotros la recibimos por fe. Esa fe, cuando es genuina, transforma la vida. No para ganar la salvación, sino como resultado de haberla recibido.

Entonces, la verdadera pregunta no es cuánto hacemos, por Dios, sino, si realmente hemos confiado en lo que Él hizo por nosotros.

Y ahora, yo te pregunto: ¿Estás confiando en tus propios esfuerzos para sentirte aceptado por Dios, o estas descansado en el regalo de Su gracia?

Creo que vale la pena que respondas esta pregunta.

Mi sugerencia: no trates de engañarte … tu vida eterna está en juego.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón