La Confesión Negativa 2

Meter la cabeza debajo de la tierra con el fin de ocultarse, como lo hace un conocido habitante de las sabanas africanas, me refiero al avestruz, al margen de que es solo un mito, no parece ser una práctica exclusiva del mencionado plumífero.

Porque también los seres humanos, suelen hacer uso de una manera u otra, de esta particular actitud, auto defensiva, cuando pretenden justificar sus actos, mirando para otro lado.

Lo solemos hacer con nuestro prójimo, como también lo hacemos con Dios, aunque no lo queramos admitir.

Cuentan, los estudiosos de la cultura egipcia, que, en los tiempos de los faraones, era tanto el prestigio y poder que estos tenían que, como dioses vivientes, su sola presencia era suficiente para moderar la conducta de los habitantes de la tierra.

Las leyes vigentes, eran una mezcla de principios morales, políticos y religiosos que estaban íntimamente ligados con su voluntad divina, por lo tanto, además de rendirle “culto”, debían rendirle “cuentas”, dado que él, era el único encargado de juzgar sus acciones.

El problema se presentaba, a la hora de partir al otro mundo, donde ya no era el faraón el responsable de juzgar a los seres humanos, sino el dios de turno. Osiris, entre otras divinidades.

La pregunta era entonces: ¿Qué hacer, que decir, cuando me encuentre ante la presencia del dios de turno?

El futuro difunto, porque todo llega, debía prepararse para la ocasión, y para ello, disponía de una invalorable ayuda: las denominadas “fórmulas funerarias”, que no eran otra cosa que recetas y normativas sugeridas para presentarse ante el tribunal divino.

En este particular tribunal, se pesaba el corazón del difunto y de acuerdo a ello se lo juzgaba, de esta manera, se definía si se le permitía su entrada en el Aaru, el paraíso, o por el contrario se debía enfrentar con el monstruo Ammit, el devorador de muertos.

El ya extinto, debía pronunciar su auto defensa, la cual era conocida como “la confesión negativa”, que no era otra cosa que la justificación, una por una, de las malas acciones cometidas en su vida terrenal.

Es fácil de deducir que todos tenían algún muerto en el placard.

Una colección de sortilegios y fórmulas para “zafar” del castigo divino, te las paso por si algún día las necesitas, las encontramos en los “Libros de las pirámides, de los muertos y de los sarcófagos”, donde la recomendación generalizada, era “negar todo”, así de fácil.

Nada novedoso, dado que un buen abogado, hoy nos sugeriría hacer lo mismo. Solo se trataba de esconder la cabeza debajo de la tierra como si no hubiera pasado nada.

Esta confesión negativa o defensa negativa, debía referirse a todos los aspectos de la vida, dioses, prójimo, moral, ética, culto, etc.

Hoy, por suerte para nosotros, tenemos a nuestro alcance, la “defensa negativa” del faraón Akenaton (1353-1336 aC), esposo de Nefertitis, y en ella podemos comprobar que además de ser faraón y mentiroso, también era “sanatero”

(Sanatero: en Argentina se dice de una persona que da discursos o explicaciones, generalmente largos, sin contenido ni fundamento)

“¡Salve, dios grande, Señor de la Verdad y de la Justicia, Amo poderoso: heme aquí llegado ante ti! ¡Déjame pues contemplar tu radiante hermosura! Conozco tu Nombre mágico en que se hace la cuenta de los pecados ante Osiris;

He aquí que yo traigo en mi Corazón la Verdad y la Justicia, pues he arrancado de él todo el Mal. No he causado sufrimiento a los hombres ni he empleado violencia con mis parientes. No he frecuentado a los malos. No he cometido crímenes. No he hecho trabajar en mi provecho “con exceso”. No he maltratado a mis servidores. No he blasfemado de los dioses. No he privado al indigente de su subsistencia. No he permitido que un servidor fuese maltratado por su amo. No he hecho sufrir a otro. No he provocado el hambre. No he matado ni ordenado matar. No he sustraído las ofrendas de los templos. No he manipulado los pesos de la balanza. No he quitado la leche de la boca del niño... bla, bla, bla, ¡Soy puro! ¡Soy puro! ¡Soy puro!”

Convengamos que cualquiera de nosotros podría haberlo escrito sin mayores inconvenientes.

Hablando en serio, vos y yo sabemos que todo llega, y algún día, lo admitamos o no, también deberemos enfrentarnos ante nuestro creador, y la pregunta que te hago es: ¿Cuál será nuestra “sanata”? ¿Negaremos lo innegable?

No sé lo que vos pensas al respecto, pero sí sé lo que el Dios de La Biblia piensa de nosotros:

“Ciertamente no hay hombre en la tierra que haga el bien y nunca peque” Eclesiastés 7:20

El comandante de la Apolo XIII diría: “Houston, estamos en problemas”.

Un argentino lo expresaría de otra manera: “Estamos en el horno”

Te propongo algo: ¿Qué te parece si ponemos las barbas en remojo, para que, llegado el día, no nos sorprenda?

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón