La paradoja del BONSÁI

Una paradoja es una situación que parece absurda, contradictoria, contraria a la lógica, pero que suele tener algún sentido, positivo o negativo

Analicemos juntos la realidad de un bonsái.

El bonsái, es un árbol, muy pequeño, que se cultiva en una maceta. Suele ser llamativo y puede impresionar por su belleza. Tiene formas perfectas, hojas cuidadas y un tronco trabajado durante años. Puede convertirse en una verdadera obra de arte.

Sin embargo, hay algo contradictorio y paradójico en él: aunque es hermoso y llamativo, crece de forma limitada, vive sin alcanzar su plenitud, echa pocas raíces y no da frutos. Es, además, extremadamente delicado, debemos tratarlo con mucho cuidado para que no se frustre.

Me pregunto: ¿Podemos convertirnos en cristianos bonsái? Los invito a que contestemos la pregunta juntos.

Muchos de nosotros, asistimos habitualmente a los templos, repetimos como loros versículos de memoria, cantamos efusivamente, no faltamos a ninguna reunión, hablamos en lenguas, profetizamos, de vez en cuando nos tiran al suelo en alguna reunión, participamos en todas las actividades de la iglesia, nuestra vida espiritual aparenta ser toda una belleza, pero a pesar de todo lo mencionado, no dejamos de ser, “enanos espirituales”, no damos frutos. Un bonsái, con todas las letras.

Cuando Jesucristo quiso expresar, cómo debía de ser la relación de los cristianos con Él, utilizó la analogía de una planta, pero no eligió un árbol cualquiera, tampoco eligió un arbolito de navidad, eligió la vid.

“Yo soy la vid, ustedes los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.” Juan 15:5

A diferencia de un bonsái, la característica de una vid, no es su apariencia, sino su fruto. Las ramas de una vid, no son hermosas ni llamativas, pero a la hora de mostrar sus frutos, se transforman en hermosas.

“En esto es glorificado mi Padre, en que lleven mucho fruto, y sean así mis discípulos.” Juan 15:8

Jesús no dijo que su Padre es glorificado porque sus discípulos “parezcan cristianos o vivan encerrados adentro de un templo”. La evidencia de una vida conectada con Cristo es que esa vida debe producir mucho fruto.

El apóstol Pablo, hablando de los frutos, afirma los siguiente: “… el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.” Gálatas 5:22-23

Los cristianos no somos un árbol de Navidad donde los frutos son de utilería, puestos solamente como decoración. En la vida cristiana, los frutos son la evidencia de que hay vida…y en abundancia.

Y esos frutos no se manifiestan solamente dentro de la Iglesia, sino también en la vida diaria, allí donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo: en nuestra casa, con nuestra familia, con nuestros hijos, con nuestros vecinos y con nuestros compañeros de trabajo. Es aquí, donde nuestra fe deja de ser discurso y se convierte en una vida que puede ser vista.

El error que solemos cometer es confundir apariencia con crecimiento. Un bonsái puede recibir agua, luz, fertilizante y cuidados constantes, pero mientras siga siendo pequeño, no dará frutos.

En nuestra vida espiritual, sucede lo mismo. Podemos recibir predicación tras predicación, estudiar las escrituras, escuchar todo el día música cristiana, participar en infinidad de reuniones y rodearnos de creyentes, tirarnos al suelo o lo que se les ocurra, pero si no permitimos que Cristo transforme nuestro carácter, vamos a seguir siendo enanos espirituales a través de los años.

Jesús habló de una higuera que carecía de fruto. El mensaje es estremecedor. No fuimos llamados para decorar las iglesias. Fuimos llamados a vivir para Cristo.

“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Efesios 2:10

La pregunta, entonces, es: ¿Qué fruto está produciendo tu vida? No fuimos llamados a “sentirnos bien espiritualmente”. Fuimos llamados a permanecer en Cristo, crecer en Él y dar mucho fruto.

“Permaneced en mí, y yo en vosotros.” Juan 15:4

Quizás, deberíamos dejar de preguntarnos: cuánto sabemos de Cristo y comenzar a preguntarnos cuánto de Cristo se puede ver en nosotros.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón