Los cristianos y la política.

Carta abierta a un amigo y hermano.

Querido amigo: Desde el afecto y el respeto que te tengo, y como hermano en la fe, quiero reflexionar contigo sobre este paso tan importante que estás considerando: involucrarte en política.

No es una decisión menor, y menos para alguien que ha tenido y aun hoy tiene, una responsabilidad espiritual significativa, como es tu caso.

Vos y yo sabemos que La Biblia no es ajena al ejercicio del poder. Hay ejemplos de hombres de Dios en posiciones de liderazgo político: José en Egipto (Génesis 41), Daniel en Babilonia (Daniel 6), o incluso el rey David. En ese sentido, hay argumentos a favor.

La posibilidad de “ser luz” en medio de estructuras muchas veces corrompidas (Mateo 5:14-16), y tener la oportunidad de promover justicia, defender al débil y gobernar con integridad, no se da todos los días.

“Cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra” Proverbios 29:2.

La Biblia afirma, además, que toda autoridad es establecida por Dios, lo cual sugiere que la participación en el gobierno no es en sí misma contraria a la voluntad divina. Si Dios llama a alguien a ese ámbito, puede usarlo poderosamente. La historia muestra que el liderazgo con valores puede marcar diferencias reales.

Sin embargo, también hay serias advertencias.

El poder político conlleva tentaciones profundas: orgullo, corrupción, manipulación, mentira. Jesús lo destaca claramente en Marcos 10:42-45, contrasta el liderazgo del mundo, el poder terrenal, basado en dominio y autoridad, con el liderazgo del Reino, basado en el servicio y la entrega.

La pregunta clave que debes hacerte querido hermano, es si el sistema político permite sostener el modelo bíblico, sin comprometerlo.

En contextos latinoamericanos, como es el nuestro, donde la política muchas veces está atravesada por intereses, presiones y estructuras poco transparentes, el riesgo es aún mayor porque no solo se trata de lo que uno quiere hacer, sino de lo que el sistema exige para sostenerse en el poder.

¿Hasta qué punto se puede negociar sin traicionar convicciones? ¿Cuánto se puede ceder sin perder la esencia cristiana?

Otro punto importante es el testimonio. Santiago 3:1 advierte que quienes enseñan serán juzgados con mayor severidad. En tu caso en particular, tu rol espiritual, el cual no podes negar, ya implica una influencia significativa en la gente.

Entrar en política puede amplificar ese impacto, pero también exponerlo a críticas, malentendidos o incluso escándalos que afecten no solo tu vida, sino la de tu familia, la fe de otros y hasta la credibilidad del cristianismo.

Como amigo, mi consejo no sería simplemente un “sí” o un “no”, sino que te invitaría a que te hagas algunas preguntas profundas, que seguramente ya te la has hecho, delante de Dios.

  • ¿Es este un llamado claro, confirmado en oración y comunidad, o una oportunidad atractiva?

  • ¿Estás preparado para las presiones, ataques y decisiones difíciles que vendrán?

  • ¿Tenés un equipo sólido, tanto espiritual como profesional, que te sostenga?

  • ¿Podes entrar en ese ámbito sin que tu identidad en Cristo se diluya?

También te recordaría lo siguiente: no subestimes el costo personal y espiritual. Jesús nunca ocultó “el cálculo de los gastos” (Lucas 14:28-30). La política, especialmente al más alto nivel, puede demandar mucho más de lo que parece desde afuera.

Pero lo cierto es, que, si estás convencido de que Dios te llama a realizar esta tarea, no sería correcto de mi parte frenarte, ni mucho menos, ¿Quién soy yo para hacerlo? Dios ha levantado personas en lugares difíciles antes. Pero ese llamado debe ser claro, firme y acompañado de una disposición a perder más que a ganar, en términos humanos.

Finalmente, te repito, como amigo y hermano en la fe, que te quiere, admira y aprecia, mi deseo es que tu decisión, sea cual fuere, nazca de una profunda comunión con Dios, no de la ambición, la presión externa o el deseo de hacer “algo grande”. Porque, al final, lo más grande ante Dios, es serle fiel.

Estoy con vos en oración y para ayudarte en lo que necesites.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón