María: entre la admiración y la Escritura
¿Qué dice realmente la Biblia acerca de María?
Te invito a tomar tu propia Biblia y a examinarla juntos.
Lo cierto es que ninguna mujer en la tierra ha recibido un privilegio tan grande como María. Dios la escogió para ser la madre del Señor Jesucristo, el Salvador del mundo.
El ángel le dijo: "¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo" Lucas 1:28
Por su parte Elisabeth, parienta de María, probablemente prima, “…exclamó llena del Espíritu Santo: ¡Bendita tú entre las mujeres!" Lucas 1:42
La misma María declaró: "Desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones" Lucas 1:48
Los cristianos, todos, tenemos suficientes razones bíblicas para honrar su ejemplo de humildad, obediencia y fe. Sin embargo, honrar no es lo mismo que atribuirle funciones o cualidades que la Biblia nunca le asigna.
La propia María reconoció su necesidad de un Salvador cuando dijo: "Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador" Lucas 1:47
Si necesitaba un Salvador, se presenta ante nosotros como una creyente dependiente de la gracia de Dios, al igual que todos los demás seres humanos. Un ejemplo de humildad.
En ninguna parte de la Escritura se enseña que debamos dirigirle oraciones, pedir su intercesión o confiar en ella como mediadora entre Dios y los hombres (chequéalo en tu Biblia por favor). Por el contrario, la Biblia afirma claramente:
"Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre" 1 Timoteo 2:5
Tampoco encontramos que los apóstoles promovieran alguna forma de veneración hacia María. Después de la ascensión de Jesús, ella aparece junto con los demás discípulos perseverando en oración (Hechos 1:14), pero nunca ocupando un lugar de autoridad espiritual ni recibiendo culto.
A partir de allí, la Biblia ya no vuelve a mencionar su participación.
Cuando una mujer quiso exaltar a María diciéndole a Jesús: "Bienaventurado el vientre que te trajo", él le respondió: "Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan" Lucas 11:27-28
No estaba despreciando a su madre, estaba enseñando que la verdadera bendición consiste en obedecer a Dios.
Con el paso de los siglos fueron surgiendo diversas enseñanzas acerca de María. Algunas tradiciones le atribuyen títulos, funciones y privilegios que, como ya lo mencionamos, no aparecen en las Escrituras.
Independientemente de la buena intención con que hayan surgido, el creyente debe preguntarse con humildad: ¿Están estas enseñanzas respaldadas por la Palabra de Dios?
Los cristianos no estamos llamados a aceptar una doctrina porque sea antigua, popular o enseñada por personas respetables. Nuestra responsabilidad es examinarlo todo a la luz de la Biblia.
Los habitantes de la ciudad de Berea fueron elogiados porque: "recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así" Hechos 17:11
Esta sigue siendo la actitud correcta.
El apóstol Pablo nos exhorta: "Examinen todo; retengan lo bueno" 1 Tesalonicenses 5:21
Y el apóstol Juan escribió: "No crean a todo espíritu, sino prueben los espíritus si son de Dios" 1 Juan 4:1
María merece nuestro mayor y profundo respeto. Fue una sierva fiel, una mujer de fe y un instrumento extraordinario en las manos de Dios.
La Biblia la llama bienaventurada, y nosotros también podemos hacerlo. Pero el mismo respeto que le tenemos nos lleva a no decir de ella más de lo que Dios quiso revelar en su Palabra. De hecho, creo que ella misma no lo permitiría.
La mejor manera de honrar tanto a María como al Señor es creer lo que la Escritura dice, sin agregar ni quitar nada.
Cuando las tradiciones humanas ocupan el lugar de la Palabra de Dios, existe el riesgo de desviar nuestra mirada de Cristo, quien debe ocupar siempre el centro de la fe.
Que nuestro mayor compromiso no sea defender una tradición, sino buscar la verdad con un corazón humilde. Al fin y al cabo, no seremos juzgados por las opiniones de los hombres, sino por la Palabra de Dios.
Por eso, escudriñemos las Escrituras con honestidad y sinceridad, solicitando al Espíritu Santo que nos guíe a toda verdad.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón