Mejor una piedra de molino

Carta abierta a los líderes cristianos

Hay palabras de Jesucristo, que parecen haber sido olvidadas y soslayadas por los líderes de las iglesias cristianas, que deberían hacer temblar a cualquiera que tenga responsabilidad sobre la feligresía de la misma:

“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar.”
Mateo 18:6

Más claro, imposible.

Cristo no está hablando de una simple equivocación. Está hablando de hacer tropezar, de inducir al error, de apartar a alguien de la verdad, de facilitarle el camino hacia aquello que Dios condena.

Y aquí aparece una pregunta que algunos líderes cristianos deberían hacerse seriamente: ¿Qué responsabilidad tengo delante de Dios cuando permito, justifico, fomento o incluso incorporo a la Iglesia, prácticas que contradicen abiertamente las Escrituras?

Porque una cosa es recibir al pecador. Otra muy distinta es aprobar su pecado. Una cosa es amar a una persona. Otra es decirle que aquello que Dios condena no importa. Una cosa es tener misericordia. Otra es llamar “misericordia” a la cobardía y al temor, de no enseñar la verdad.

Hoy vemos iglesias cristianas, que, con tal de no perder gente, de no generar conflictos, de no parecer “antiguas”, aceptan prácticamente cualquier conducta por parte de su feligresía.

Costumbres paganas, idolatría, supersticiones, prácticas ajenas al cristianismo bíblico y comportamientos expresamente condenados por las Escrituras son incorporados, tolerados o simplemente ignorados.

Y cuando alguien se atreve a señalarlo, aparece la respuesta fácil y conocida: “No juzgues”. Pero Jesús jamás ordenó llamar bueno a lo malo.

“Lo cierto es que la Iglesia no tiene ninguna autoridad para modificar la Palabra de Dios porque la sociedad cambió. Tampoco la tiene un pastor, un sacerdote, un cura, ni un consejo de iglesia ni una mayoría de feligreses”

El problema se vuelve mucho más grave cuando quienes deberían enseñar la verdad dejan de enseñar, relativizan el pecado y terminan formando creyentes que ya no saben distinguir entre lo santo y lo profano. Eso también es hacer tropezar.

Y que nadie se equivoque: el creyente raso, nosotros, no queda exento de esta responsabilidad. Un cristiano no puede esconderse eternamente detrás de la frase: Mi líder espiritual me dijo que estaba bien”.

Tenemos una Biblia para corroborarlo. Los habitantes de Berea fueron reconocidos porque examinaban las Escrituras para comprobar si lo que Pablo enseñaba era verdad, Hechos 17:11

Por lo tanto, el creyente debe estudiar, discernir y obedecer. No puede delegar su conciencia espiritual y su vida eterna, en un líder humano, sea quien fuere.

Pero sobre los que enseñan, pesa una responsabilidad aún mayor.

Santiago advierte: “Amados hermanos, no muchos deberían llegar a ser maestros en la iglesia, porque los que enseñamos, seremos juzgados de una manera muy estricta” Santiago 3:1

No mayor reconocimiento. No mayor prestigio. No mayor autoridad. Mayor responsabilidad. Mayor condenación.

Pastor, sacerdote, cura, maestro, predicador, apóstol o como quieras llamarte, a vos te hablo: si sabes lo que dice la Escritura y decides callar para no incomodar; si toleras lo que deberías corregir; si fomentas lo que deberías advertir; si transformas el pecado en costumbre aceptable para conservar la simpatía de la congregación, no estás haciendo un favor a esas personas. Está poniéndolas en peligro espiritual.

El problema no es solamente lo que has estado enseñando o permitiendo, el problema es lo que has dejado de enseñar. Porque cuando durante años no has hablado del pecado, del arrepentimiento, de la santidad, de la idolatría o del juicio de Dios, finalmente aparecen creyentes que no saben, que están haciendo algo que la Biblia condena.

La ignorancia puede tener distintos grados de responsabilidad, pero quien tiene la obligación de enseñar, como es tu caso, y el mío, no pueden simplemente desentenderse. El líder espiritual que no advierte del pecado y sus consecuencias, puede hacer tropezar, tanto como el que enseña el error.

Y Cristo fue terminante respecto de quienes hacen tropezar a los pequeños. Tal vez sea hora de recuperar una palabra que hoy parece haber quedado fuera de moda: “Temor de Dios”

Porque llegará el día en que no habrá encuestas, aplausos, cantidad de miembros, cargos, títulos ni popularidad que te sirvan de argumento. Tendrás que responder delante de Cristo, aunque te llamen santo.

Y entonces la pregunta no será cuánto llenaste el templo, cuántas personas te seguían o cuán carismático o atractivo conseguiste ser. La pregunta será: ¿Fuiste fiel a la verdad que Dios te confió?

Te sugiero entonces, que tomes en serio las palabras de Jesús. Porque para quien hace tropezar a uno de sus pequeños, una piedra de molino puede ser una imagen mucho menos terrible que el juicio que le espera.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón