Reflexiones acerca del Salmo 91
Desconozco qué te han dicho, contado o incluso mentido acerca de La Biblia, ni cuál es tu actitud personal frente a ella. Desconozco si alguna vez la ha has leído, escudriñado, confrontado o criticado. Todo eso es válido, de hecho, somos absolutamente libres de hacerlo.
Sospecho, sin embargo, que, como muchos, has delegado su lectura e interpretación en terceros. Esto suele llenar la mente de prejuicios, medias verdades y miedos infundados. En todo caso, te estas refiriendo a ella, me refiero a La Biblia, “por boca de ganso, por lo que te contaron.”
Quizás alguno te dijo que la Biblia es un libro oscuro, escrito por quién sabe quién, en tiempos remotos, y que solo expertos pueden entenderla.
O quizás escuchaste o presumís, que está llena de secretos cifrados, mensajes ocultos y claves reservadas para unos pocos “iluminados”. Todo eso, en el fondo, ha terminado desalentándote a acercarte por vos mismo, a su lectura.
Pero la Biblia no fue escrita por seres mitológicos ni por súper humanos. Fue escrita por personas de carne y hueso, inmersas en su cultura, su tiempo y sus limitaciones.
Isaías no habló de semáforos ni de electricidad, simplemente porque no existían. Los autores bíblicos usaron el lenguaje, las imágenes y las preocupaciones de su época para comunicar verdades que trascienden su tiempo.
Y aquí está el punto central que debes tener muy claro: esos hombres no fueron los autores últimos. Fueron solo instrumentos.
El verdadero autor, según la fe cristiana, es Dios mismo, que inspiró a personas comunes para transmitir su voluntad a la humanidad. Es por esta razón que La Biblia sigue siendo leída, discutida y amada a través de los siglos. No es un libro muerto, es un libro que sigue hablando.
Ahora bien, nadie está obligado a creer. Estás en plena libertad de aceptar o rechazar lo que lees. Nadie te va a forzar a cambiar de rumbo, y ciertamente no es mi intención hacerlo. Pero sí creo que es justo invitarte a leer con mente abierta y espíritu crítico, sin delegar en otros, una responsabilidad que es personal.
El Salmo 91 es un buen ejemplo del corazón del mensaje bíblico. Habla de refugio, de confianza, de protección. Presenta a Dios como un lugar seguro en medio de la fragilidad humana. No promete una vida sin problemas, pero sí una presencia constante en medio de ellos.
“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente”. Salmo 91:1
La imagen es simple: quien decide confiar en Dios encuentra un refugio que no depende de las circunstancias. En un mundo incierto, esa confianza se vuelve una fortaleza interior.
El salmo habla de peligros, enfermedades, amenazas y caídas. No niega la realidad del mal ni del sufrimiento. Pero afirma que quien pone su confianza en Dios no camina solo. Hay cuidado, hay guía, hay una presencia que sostiene incluso cuando todo parece desmoronarse.
Doy fe de lo que afirmo, con mi propia vida.
La promesa final es profundamente personal:
“Me invocará, y yo le responderé; con él estaré en la angustia”. Salmo 91:15
El Dios de los cristianos, no es un Dios distante, abstracto o indiferente, es un Dios que escucha, que acompaña, que rescata y que honra a quien lo busca.
En definitiva, el Salmo 91 no es una fórmula mágica ni un amuleto espiritual. Es una invitación a la confianza. Una invitación a replantear dónde buscamos seguridad, en quién depositamos nuestra esperanza y qué significa realmente vivir bajo el cuidado de Dios.
La Biblia puede ser cuestionada, analizada y debatida. Pero no merece ser ignorada por prejuicio o pereza intelectual.
Leerla por uno mismo es un acto de honestidad. Y encontrarse con textos como este salmo es, al menos, una oportunidad para reflexionar sobre algo que todos necesitamos: refugio, sentido y esperanza.
Tal vez no puedas controlar todo lo que ocurre a tu alrededor, pero sí puedes decidir dónde poner tu confianza.
El Salmo 91 no te invita a huir del mundo, sino a habitar en Dios mientras enfrentas al mundo. Esa elección, al final, es profundamente personal.
Te invito a que lo leas, puede cambiar tu forma de ver la vida.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón