Se Busca Pastor
Se busca pastor. Sí, otra vez. Nuestra querida iglesia está buscando pastor, quizás la tuya también.
Podríamos colocar en los diarios o en las redes un aviso clasificado de este tipo: “Se busca empleado con experiencia, disponibilidad full time, manejo de conflictos, liderazgo, paciencia infinita… y si es posible, que cobre poco o nada. Función a cumplir: Pastor de una congregación cristiana”.
Lo cierto es que nunca fue fácil buscar pastor, probablemente ahora menos. Vivimos tiempos donde todos corren, inclusive los pastores, donde el trabajo absorbe, donde las familias hacen malabares para llegar a fin de mes, y donde la iglesia, que debería ser un refugio, es muy exigente.
Para colmo los pastores y sus familias también comen, tiene necesidades, no viven del aire, ni del “Dios los bendiga”.
El apóstol Pablo nos recuerda algo básico: “El obrero es digno de su salario” (1 Timoteo 5:18).
Y en medio de todo eso, aparece la pregunta incómoda, la pregunta que resulta ser el meollo de la cuestión: ¿Qué tipo de pastor estamos buscando? Trataremos de responderla sincera y honestamente, y en pocas palabras:
Muchos de nosotros algo tenemos claro, no queremos un “exaltado espiritual” que flote a dos metros del suelo y no entienda lo que es pagar el alquiler, cargar la SUBE o discutir con la inflación.
Queremos a alguien bíblico, pero también realista. Alguien que pueda predicar un domingo sobre la fe, y el lunes lea los diarios para entender el mundo en el que vive su congregación.
Tampoco queremos un charlatán de feria profesional ni un profesional del púlpito y la manipulación, esos que emocionan, pero no transforman, de hecho, no nos interesa su experiencia personal, aunque podamos escucharla. No necesitamos alguien que llene el templo con luces, humo, ruido y circo. Eso lo hace cualquier influencer.
Lo que necesitamos es alguien que esté dispuesto a formar discípulos, que crea firmemente en la enseñanza bíblica sistemática como medio de crecimiento espiritual de los creyentes y de la congregación. Porque Jesús no dijo “vayan y llenen los templos de gente”, dijo: “vayan y hagan discípulos” (Mateo 28:19).
Pero hacer discípulos lleva tiempo. Y ahí está el problema: nadie tiene tiempo. Ni el pastor, ni los líderes, ni la gente.
Se busca pastor, sí. Pero no uno perfecto. Ya sabemos que no existen: “Por cuanto todos pecaron” (Romanos 3:23),
Se busca alguien que reconozca sus límites, que no se crea un superhéroe espiritual, que pueda decir “no sé” sin culpa y “me equivoqué” sin miedo.
Alguien con formación. No un improvisado. Que conozca La Biblia, que la estudie, que la interprete con responsabilidad. Que tenga herramientas teológicas, pero que no use palabras difíciles para parecer más profundo. Que pueda explicar el evangelio de manera clara y sin vueltas.
Y, por favor, que no viva en una burbuja. Que entienda el contexto social, político y económico. Que sepa lo que pasa en el barrio, en el país, en el mundo. Porque la iglesia no está aislada. La gente llega con problemas reales: desempleo, ansiedad, deudas, conflictos familiares. Y no alcanza con decir: “ora más y seguí participando” como respuesta a todo.
Se busca pastor. Uno que ame a Dios, pero también a la gente. Que no use a la gente para sentirse importante. Que no mida el éxito en cantidad de sillas ocupadas, sino en vidas transformadas. Que tenga convicciones, pero también empatía. Que predique la verdad, aunque incomode, pero con gracia.
Ahora bien, también hay que decirlo: la iglesia que busca pastor, como es el caso de la nuestra, ¿Está dispuesta a cambiar algo? Porque es fácil exigir desde el banco. Es fácil señalar lo que falta.
Porque el pastor, lo sabemos, no puede hacer todo. La iglesia es un cuerpo (1 Corintios 12:27), y cada miembro tiene una función. Si todo recae en una sola persona, no es iglesia, es una dependencia burocrática.
Sabemos que todos estamos ocupados. Todos corremos y buscamos soluciones rápidas: reuniones más cortas, mensajes más livianos, compromisos más flexibles. Y sin darnos cuenta, vamos diluyendo lo esencial, dejamos de predicar la verdadera doctrina, que vale recordar, no se predica solo en el templo, sino en la vida diaria, en la calle.
Entonces, tal vez la búsqueda no debería ser solo de un pastor, sino de una comunidad más madura. Que acompañe, que sostenga, que entienda. Que no idealice ni destruya. Que ore, pero también actúe. Que no espere milagros mientras descuida lo básico.
No es fácil la búsqueda. Nunca lo fue. Pero quizás, si ajustamos un poco nuestras expectativas y miramos más la esencia que la apariencia, podamos encontrar, o formar, a ese pastor que tanto necesitamos.
Y mientras tanto, recordemos: la iglesia no se sostiene por un hombre ni por una mujer, sino por Cristo. Porque al final, el verdadero Pastor sigue siendo uno solo (Juan 10:11).
Y este pastor, por amor, nunca renuncia.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón