Sincretismo: cuando la verdad se mezcla con el error
La palabra sincretismo proviene del griego y describe la mezcla de creencias, prácticas o doctrinas de diferentes religiones o filosofías. En términos bíblicos, el sincretismo ocurre cuando la adoración al Dios verdadero se combina con elementos ajenos a Su revelación.
Desde el principio, el Dios de La Biblia, llamó a su pueblo a una adoración exclusiva. El primer mandamiento declara: "No tendrás dioses ajenos delante de mí" Éxodo 20:3, y pocos versículos después añade: "No te harás imagen... no te inclinarás a ellas ni las honrarás" Éxodo 20:4-5
Más claro échale agua.
La historia de Israel muestra repetidamente el peligro del sincretismo. El pueblo hebreo, muchas veces intentó adorar a su Señor, mientras conservaba prácticas paganas.
Durante la época de los jueces y de los reyes (1000-1200 Ac) se rindió culto a Baal y Asera, creyendo que era posible servir a Dios y, al mismo tiempo, adoptar costumbres de las naciones vecinas (Jueces 2:11-13; 2 Reyes 17:33). El profeta Elías desafió al pueblo con una pregunta que sigue siendo vigente:
"¿Hasta cuándo seguirán indecisos y vacilantes entre dos pensamientos? Si el Señor es Dios, ¡Síganlo! ¡Pero si Baal, es el verdadero Dios, “Síganlo a él!" 1 Reyes 18:21
El Nuevo Testamento mantiene la misma enseñanza y la pregunta de Elías es hoy, absolutamente vigente.
El Señor Jesucristo afirmó: "Nadie puede servir a dos señores" (Mateo 6:24).
Jesús nunca promovió una fe mezclada con tradiciones que contradijeran la Palabra de Dios. Por el contrario, reprendió a quienes invalidaban el mandamiento divino por causa de sus tradiciones (Marcos 7:6-13) y declaró que la verdadera adoración debía ser "en espíritu y en verdad" (Juan 4:23-24).
Los apóstoles también advirtieron sobre este peligro. Pablo preguntó: "¿Qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?" (2 Corintios 6:16), y Juan concluyó su primera carta con una exhortación tan breve como profunda: "Hijitos, guardaos de los ídolos." (1 Juan 5:21).
El sincretismo no pertenece únicamente a la antigüedad. También se manifiesta dentro del cristianismo contemporáneo, y sucede cuando la autoridad de las Escrituras es reemplazada o complementada por prácticas, supersticiones, imágenes, tradiciones o enseñanzas, que no encuentran fundamento en La Biblia.
Ocurre, cuando se le atribuye a personas, objetos o rituales una confianza que solo corresponde a Cristo. También sucede, cuando la cultura termina definiendo la fe, en lugar de que la Palabra de Dios transforme la cultura.
Esto no significa desconocer el valor histórico o cultural de ciertas tradiciones religiosas, ni juzgar las intenciones sinceras de quienes las practican.
El llamado bíblico no es a condenar personas, sino a examinar toda creencia a la luz de las Escrituras, Hechos 17:11
A lo largo de la historia han existido religiones y movimientos claramente sincréticos, nacidos de la combinación de distintas creencias y prácticas. Sin embargo, el cristianismo bíblico encuentra su identidad en la persona de Jesucristo y en la autoridad de la Palabra de Dios, no en la integración de doctrinas provenientes de otras fuentes.
La enseñanza de la Biblia permanece inalterable: Dios busca un pueblo que le adore con un corazón indiviso. La fe cristiana no consiste en agregar a Cristo a nuestras creencias anteriores, sino en reconocerlo como el único Señor y Salvador.
La pregunta para los cristianos sigue siendo tan actual como en los días de Elías:
¿Nuestra fe está edificada únicamente sobre Cristo y su Palabra, o hemos permitido que otras influencias ocupen el lugar que solo Dios merece?
Hay un texto que resume toda esta reflexión de manera extraordinaria. Parafraseando a Pablo en 2 Corintios 11:2-3, diríamos:
“Me preocupo mucho por ustedes, porque los amo y quiero que permanezcan fieles a Cristo. Los preparé para que sean como una novia pura que se entrega solamente a su esposo, Cristo. Pero tengo miedo de que, así como Eva fue engañada por la serpiente, ustedes también puedan ser engañados y se alejen de su fe y de su amor por Cristo.”
La enseñanza de Pablo nos recuerda que debemos cuidar nuestra fe y mantenernos fieles a Cristo. No debemos permitir que otras cosas nos alejen de una relación sincera y pura con Dios. Nuestra devoción a Cristo debe ser siempre sencilla, firme y EXCLUSIVA.
“El que tiene oídos para oír…que oiga”
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón