Vergüenza ajena…

Debo confesarles algo, estoy cansado de ver cada día, a ciertos cristianos, que aseguran seguir a Cristo, y que usan las redes sociales como campo de batalla para agredir a otros. Como si la fe fuera un ring y no un camino de transformación y donde parece haber dos bandos, los cristianos evangélicos por un lado y los cristianos católicos por el otro.

Me fastidian e incomodan, los comentarios, cargados de soberbia y de acusaciones doctrinales, algunas sin ningún fundamento bíblico, lanzadas como piedras entre los propios cristianos.

Estoy harto de ver cómo algunos cristianos utilizan a la propia Biblia como una ametralladora, a la cual cargan con versículos de varios calibres, para luego lanzarlos como proyectiles sobre otros, también cristianos.

También me molestan, las descalificaciones simplistas que dividen, lanzadas sin escrúpulos por parte de ambos bandos: “hereje”, “falto de Espíritu”, “idólatra”, “ignorante de la Palabra”, “te espera el infierno de fuego” y cosas por el estilo.

¿De verdad creen que esto honra a Dios? ¿De verdad creen que de esta manera acercaremos a nuestro hermano a los pies de Cristo? ¿A los golpes?

Voy a ser particularmente directo y claro con el grupo de cristianos a los que yo pertenezco, los cristianos evangélicos.

La Escritura que tanto citamos, y muchas veces mal utilizamos, es clara:

“En esto conocerán todos que son mis discípulos, si tienen amor los unos por los otros” Juan 13:35

No dice “si tienen la doctrina perfecta”, ni “si ganan discusiones en redes”, ni “si exponen el error ajeno con dureza”. Tampoco dice: si van a tal o cual templo cristiano. Dice AMOR. Y ese amor no debe ser jactancioso, como tampoco debe ser arrogante, ni ofensivo, ni buscar humillar al otro.

Decimos amar la Palabra, estudiarla, defenderla. Pero ¿De qué sirve conocer versículos de memoria si no reflejamos el carácter de Cristo? ¿De qué sirve corregir “errores doctrinales” de otros, si lo hacemos con desprecio, con ironía hiriente, con un espíritu de superioridad espiritual? ¿Acaso somos perfectos?

Pablo lo dijo sin rodeos:

“El conocimiento envanece, pero el amor edifica” 1 Corintios 8:1

Muchos cristianos evangélicos, parecerían estar más preocupados por demostrar que saben, que por edificar al cuerpo de Cristo.

A los católicos, por los cuales tengo mucho cariño y respeto, también tengo algo que mencionarles: no respondan al ataque con más ataque. No se encierren en una defensa automática y dogmática. Mi humilde sugerencia es: “escudriñen las escrituras”, porque esto no es una guerra entre bandos, es una tragedia dentro de una misma fe que confiesa a Cristo.

Y aquí está el punto más grave: mientras nos despedazamos entre nosotros, el mundo observa… y se aleja. Ve incoherencia. Ve orgullo. Ve división. Y no ve a Cristo.

Nos encanta hablar de “la verdad”, pero olvidamos que la verdad sin amor se convierte en un arma. Y el amor sin verdad se vuelve vacío. Cristo encarnó ambas cosas perfectamente, y nosotros estamos fallando en las dos cuando convertimos cada diferencia en un conflicto.

¿De verdad creemos que Dios se agrada cuando un creyente humilla públicamente a otro? ¿Realmente creen que el Espíritu Santo es el impulsor de las discusiones llenas de enojo, sarcasmo y desprecio? Seamos honestos: la gran mayoría de esas publicaciones agresivas en las redes, nacen más de la carne que del Espíritu.

Gálatas 5 es claro: “Las obras de la carne están claras: enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones…”

¿Les suena familiar? Porque eso es exactamente lo que vemos todos los días en muchos comentarios… ¿cristianos?

La sana doctrina importa. Claro que importa. Pero no es una excusa para pecar por la manera en que la defendemos. No podemos predicar santidad con una boca que al mismo tiempo hiere, ridiculiza y desprecia a otros creyentes. Hoy muchos que parecen más interesados en tener razón que en reflejar a Cristo.

Jesús fue firme, pero su firmeza nunca estuvo contaminada por orgullo. Confrontó, pero también lloró. Señaló el error, pero extendió gracia. Y, nunca buscó “ganar discusiones”, vino a salvar a quien se había perdido.

Cuando nos encontremos ante la presencia de Dios, porque todo llega, no nos van a preguntar a qué templo cristiano asistíamos, sino quien era Cristo para nosotros.

Y algo más: esta división constante no es inocente. Debilita el testimonio de la Iglesia. Nos fragmenta. Nos desgasta. Nos vuelve irrelevantes frente a un mundo que necesita esperanza real, no peleas internas.

No se trata de ignorar diferencias. Se trata de aprender a tratarlas con madurez espiritual. Con humildad. Con respeto. Con temor de Dios.

Porque al final del día, la pregunta no es si ganaste una discusión en redes. La pregunta es: ¿Te pareciste más a Cristo o no?

Así que basta. ¡Basta por favor! de usar la fe como excusa para el orgullo. Basta de disfrazar la agresión de “defensa de la verdad”. Basta de olvidar que somos un solo cuerpo.

Si Cristo es realmente el centro, entonces nuestras palabras, incluso en desacuerdo, deberían reflejar su carácter. No nos olvidemos que hay algo que nos une…y es Cristo.

Menos agresiones. Más cruz. Menos ataques. Más amor. Menos ego. Más Cristo.

Porque si no, todo lo demás, toda esa “aparente defensa apasionada de la fe”, no es más que un circo...que da pena, además de vergüenza ajena.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón