Volver a empezar

Hay momentos en la vida, en lo que todo parece estar en orden, inclusive aquellas cuestiones que la trascienden, me refiero al hecho de nuestra relación con el Dios que decimos adorar, y es precisamente de esto, lo que quiero conversar con ustedes hoy.

Lo cierto es que la gran mayoría de las veces que muchos de nosotros pensamos en Él, las ideas suelen surgir de manera automática y espontánea, brotan por sí solas, son frías y abstractas, no hay un verdadero pensamiento reflexivo en ellas, ni mucho menos un cuestionamiento profundo. Creo en Dios y punto.

Así, las personas, que se auto perciben como “creyentes”, no se ocupan en la medida en que deberían, en considerar realmente cuál es su posición ante Dios, y no faltan las que dejan a Dios en un segundo o tercer plano, detrás de otros dioses o similares. No sé cuál es tu caso.

Pareciera no haber tensión, nada urgente que nos obligue a replantearnos el tema, particularmente si somos jóvenes. Sin embargo, algunas cosas, en el fondo de nuestro corazón, ciertas veces nos incomodan. Como una piedra en el zapato que no llega a doler, pero tampoco nos permite caminar con naturalidad.

Reflexionar al respecto y preguntarse ¿Dónde estoy? ¿Para dónde voy? ¿Quién es Dios para mí? ¿Quién soy yo para Dios? Es mi propuesta.

Ahora bien. No se trata de rechazar lo recibido, ni de despreciar las tradiciones que nos formaron. Al contrario: implica tomarlas en serio, tan en serio que nos atrevamos a abrirlas y a examinarlas, a ver qué hay dentro. Porque lo heredado, cuando no es reflexionado, corre el riesgo de volverse simplemente costumbre.

Hay una invitación bíblica, a la que debemos prestar atención:

“Examinen todo; retengan lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:21)

Examinarlo todo no es una tarea liviana, porque supone hacerte preguntas que quizás nunca te hiciste. ¿Por qué creo lo que creo? ¿De dónde viene la idea que tengo de Dios? ¿Es experiencia viva o repetición? ¿Estoy viviendo una fe genuina o simplemente una costumbre sin identidad definida? ¿Hablo por conocimiento genuino o solo por boca de ganso?

Estas preguntas resultan ser tan trascendentales como incómodas.

La incomodidad, no es un problema a evitar, sino una señal de que algo importante está en juego, dado que estamos hablando nada más y nada menos que de nuestra Vida Eterna. La fe, si es que está viva, no debería temerle a ninguna pregunta.

“…no se conformen a este siglo, sino transfórmense por medio de la renovación de vuestro entendimiento…” (Romanos 12:2)

Renovar el entendimiento no es decorar lo que ya está, sino permitirnos una transformación. Y toda transformación implica, en algún punto, desarmar.

¿Desarmar qué? Desarmar certezas e imágenes que damos por obvias, revisar y cuestionar conceptos, desafiarnos a nosotros mismos a no quedarnos en la duda permanente, sino, por el contrario, atravesarlas.

Hay conceptos, a las cuales denominamos doctrinas, que heredamos sin darnos cuenta. Por ejemplo, formas de ver a Dios: un juez distante, una figura rígida y lejana, un viejo barbudo extremadamente bueno. Imágenes que probablemente no nacieron de una experiencia personal, sino de interpretaciones de otros que fuimos absorbiendo con el tiempo.

Deberías preguntarte si esas imágenes todavía nos dicen algo verdadero, o si necesitan ser purificadas e inclusive erradicadas de nuestra mente.

La invitación bíblica, es profundamente personal.

Jesús te dice: “Sígueme” (Mateo 9:9)

Seguir implica movimiento, decisión, incluso riesgo. No es quedarse donde uno está, sino animarse a salir. Y salir, muchas veces, es dejar atrás seguridades. No todas, pero sí aquellas que impiden crecer.

El camino espiritual, no siempre es lineal. Hay avances, retrocesos, momentos de claridad y otros de confusión. Pensar de nuevo no significa perderse, sino atravesar un proceso más honesto. Uno en el que la fe no es un conjunto de respuestas herméticas y cerradas, sino una relación viva que se va construyendo.

“Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.” (Juan 8:32)

Pero la verdad, que libera, no siempre es cómoda. A veces, desubica, cuestiona, incomoda. Nos enfrenta a nuestras propias contradicciones, a nuestras zonas de confort, a nuestras ideas más arraigadas. Y, sin embargo, esa misma incomodidad puede ser el inicio de algo más profundo.

Tal vez pensar de nuevo sea, en el fondo, un acto de humildad.

Deberíamos reconocer que no lo sabemos todo. Que lo que creemos entender puede ser apenas una parte. Que la experiencia de lo divino es siempre más grande que nuestras palabras, nuestras tradiciones.

No te propongo que abandones la fe, sino que permitas que madure.

Como quien poda un árbol para que crezca mejor, hay momentos en los que es necesario cortar, revisar, limpiar. No para destruir, sino para dar lugar a algo más auténtico.

“Pidan, y se les dará; busquen y encontrarán, llamen, y se les abrirá.” (Mateo 7:7)

Buscar implica no conformarse. Llamar implica reconocer que todavía hay puertas cerradas. Pedir implica aceptar que necesitamos algo más. Pensar de nuevo es, en definitiva, volver a ese lugar de búsqueda.

No desde la obligación, ni desde la culpa, sino desde un deseo genuino de verdad. Tal vez hoy sea un buen momento para volver a empezar.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón